Nacimos – #8M

Nacimos.

Vos con los autitos, y nosotras con muñecas. Muñecas. Siempre me pareció extraño que el nombre del juguete es también una articulación indispensable. Tu papá te vio jugar con nosotros – jugar a ser papá, a ser responsable, a ser hombre de familia – y abrió la boca para imponer la ley.

“Sacale la muñeca, para que no sea marica.”

Sacale la muñeca, para que se quede sin manos.

Acá vamos por la vida las mujeres, dando nuestras manos porque te quitaron las tuyas.

Te quedaste sin manos, y dijiste que la cocina es para la mujer. Te reíste. Llegaste a casa después del colegio y te pichaste porque no había la comida que querías. Llegaste a la universidad y te quedaste gastando de más de tu bolsillo. Llegaste a nuestras camas, y quisiste comer de nuestros platos. Continue reading

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Lo que es

cassia-fistula-lluvia-de-oro-9No es que extrañe mi país, dice, y patea la nieve con una bota desaliñada. Pero a veces pienso en su tierra colorada, la boca roja del río, los saltos dorados a la luz del sol. La lluvia de oro con flores que flotan suspendidas, como si el tiempo se detuviera con el viento.

No es que extrañe mi país, y prepara tereré como si fuera un ritual religioso, se posa sobre su ventana porque acá no hay patio, acá no hay sillas de cable rojo y azul, acá se sienta frente a la ventana a lado de la calefacción y así no tiene frío. Pero quiero mi cielo de colores. Quiero acostarme en el techo antes que aparezcan los mosquitos, y mirar la explosión del sol. Allá las nubes están más lejos, y se lucen más. Allá el cielo es más grande.

Ve a su amiga preparar chipa guazu, pero no tiene horno. Intentó hacer mbeju un día y no salió con el queso extranjero. Siempre odió el queso fresco, siempre odió el queso, pero en este invierno no hay kavure tampoco y bueno, no es lo mismo.

Hay algo lindo en decirnos adiós cuando nos pasamos en la calle, dice, cuando camina con su bufanda tapando dos tercios de su cara. En el cumpleañitos y el quince y el asado los domingos. El caminar sobre calles de barro, o los empedrados que serían más cómodos si hubieran quedado como caminos de tierra. En ese vecino que llena los baches gratis con su pala, porque la municipalidad jamás va a hacer nada, he’i.

Se burlan mis amigos que hablan castellano porque todo mal hablamos en mi país, fuera de orden luego ponemos las palabras, “no tiene sentido”. Para nosotros así da más gusto.

Toca los timbres acá en vez de aplaudir. La gente siempre le mira raro cuando explica que allá se aplaude. No sabe si esto es nostalgia, pensar en cosas comunes y querer sentirlas de nuevo; no es de extrañar a gente o cosas, no es que llore. No es que mire fotos en Facebook para sentir que está allá. No es el tipo de extrañación que la gente suele sentir en el extranjero. Pero extraña cosas raras, como salir a la costanera hasta en el invierno, aunque el frío esté para morir. Me gustan los ríos tan grandes que apenas se ve el otro lado; los que dan un poco de miedo. Los que tienen historia.

En invierno, el mate dulce con coco y leche de su niñez. Ahí en la esquina, las vecinas preparando para su kavure mientras pasa por ahí con sus amigos—vamos na a comprar, demasiado me estira.

Es raro, exiliarse a uno mismo. Sabe que mucha gente piensa que salió porque quería salir, se fue porque “no quería más estar acá”, “se fue a su país”. La verdad es que persigue un sentimiento; la epifanía de reconocer su casa después de vivir en tantos lugares diferentes. El sentimiento de mirar por la ventana del avión cuando desciende, ver los arroyos y los ríos extenderse como arterias sobre el rojo y verde, los techos de teja y zinc, los árboles entre los edificios. El sentimiento de atravesar las nubes y sentir que se le llama. Mi tierra me llama. Acá. Mi casa.

No es que quiera volver. Acá soy feliz también. Pero a veces me despierto en la noche y miro las estrellas por la ventana, y no conozco sus nombres. Y cuando sabés lo que es ser amada por el cielo, es raro volver a ser una extraña.

No es que allá la vida sea más simple, dice al final, porque acá las cosas como colectivos y supermercados y clínicas suelen ser más fáciles. Pero es una vida que abraza.

Mzungu Town: A glimpse into the post-colonial recovery timeline

My friend grasps my arm as we cross the street. I’m st20160110_171843ill struggling to understand cars driving on the opposite lanes from what I’m used to. A man shouts, laughing as he calls out to her.

“Don’t touch Mzungu’s arm, the white will rub off on you!”

Mzungu means ‘white’. It’s a new name I was given in this country, one that marks me as rich, and possibly as proud. It has people surprised when I give up my seat to the elderly, and has them staring at me as I pass.

I’m not even white. Perhaps half of me is, but only one fourth of my bloodline is somewhat European. The other fourth is Iranian. The rest of me is Hispanic. But here, the contrast is striking. My name is Mzungu, and I have never been so famous.

When I step off the bus, the merchants murmur “Mzungu” between themselves. When I board a bus, a man looks through the window: “Marry me, Mzungu.” Children wave at me “Hello, Mzungu!”.  A man passes me on the street,  a tune playing on his phone. He presses it to my cheek. “Listen to this, Mzungu!”

Is this what people feel like, in other countries, when we stare at them for being different? I suppose one could easily twist these experiences into some sort of discourse on the supposed existence of ‘white oppression’. But that isn’t what this is. The context here is different than in North America or Europe. It is a framework built by hosts of the colonizers themselves, sometime in the past. The perception of wealth, even where it may not necessarily exist. Someone, at some point, has taught the masses that Mzungu means rich. That Mzungu means proud. That Mzungu is different.

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Carta a la Lengua Española

atardecer

Yo sé que no te escribo a menudo; por favor, no pienses que es porque no te quiero. Sé que muchas personas dicen eso. Dicen que no te quiero, que intento olvidar mi pasado, mi niñez, mi historia. Que mi país y mi sangre no han dejado ningún rastro tuyo en mi. No es cierto.

Te reemplacé con otros, eso sí. No eres, y nunca fuiste, la de mis sueños, y en mis memorias solo quedan otros — pero fue una decisión conciente, no una hecha por descuido. Te dejé a un lado a propósito, porque no me era posible hacerte justicia.

Te dejé en la tierra roja de mi país, en el olor de la lluvia paraguaya. Te dejé en las risas de mis amigos, chistes que pocos más podrán entender sin el contexto de tus palabras. Te dejé en todos los besos que perdí porque nunca se me dieron, en ese chico que sabía a cenizas y el que me amó solo en sueños. Te dejé entrelazada con mis sentimientos, con mis dolores, tan profundamente unida a mis arterias que ya no cabías en mi nombre. Y no supe externalizarte, escribirte, describirte– hay demasiado por contar y poca habilidad para elogiarte.

Y si dejé atrás tus acentos, no era por ignorancia (siempre estudié como se espera, y en papel fingí ser experta). Los dejé con mi entonación y la ultima letra de mis palabras. Y no supe si decir ‘tú’ o decir ‘vos’, porque coloquialismos no van con la formalidad que se requiere para sonar bien como lo dicta la costumbre.

Y así quedaste, escrita en más que mi sangre. Demasiada sagrada como para consagrar a memorias o a confesiones. Te dejé en mis labios y no en mi pluma, en mis risas y en mi rutina. Te dejé donde nadie, quizás, te recuerde — en mi carne, para acompañarme en la tumba.


I got randomly inspired to write in Spanish. It’s been a while. Please check out my list of works in the menu at the top of the page… I’ve done a lot in the last month and a half!